La verdad está en CRISIS. La crisis epistemológica - cuando no podemos creer en lo que vemos.
Más que describir en detalle las implicaciones que tiene la crisis epistemológica; me remitiré a resumir el concepto para tratar la instrumentalización cínica del mismo. Dicho de otro modo; pretendo que, tras terminar de leer este artículo, entiendas los motivos y los incentivos que existen detrás de uno de los mayores peligros informativos que han existido jamás en la historia.
La crisis epistemológica es un concepto que pretende describir una dinámica muy particular con respecto al conocimiento (como su propio nombre indica); una que tiene que ver con la imposibilidad sistemática de saber, de tener certezas sobre los hechos. La crisis epistemológica por tanto no es más que la cristalización conceptual de la absoluta incertidumbre con respecto a la información. Incertidumbre que a todos nos afecta; pues el avance de las herramientas de inteligencia artificial y la rentabilidad del sensacionalismo (así como intereses particulares derivados de ello) nos proyectan en un absoluto e incierto caos en que todo parece verdad pero sabes que un gran porcentaje de lo que ves es falso, con el problema añadido de no saber identificar exactamente el qué.
Ahora bien, la crisis epistemológica no es un mero accidente tecnológico, un subproducto indeseado del progreso o un avance orgánico de la civilización; pues tal es, ante todo, un espacio de oportunidad para ciertos actores. Describir la confusión general es necesario pero agotarse en ella es limitarse a la superficialidad, alejándonos de lo esencial; aquello que hace terriblemente problemática y preocupante a la situación que nos atañe.
Lo crucial por tanto es entender quién o quiénes se benefician de ella y con qué propósito la han financiado. Y sí; me refiero a la financiación deliberada de herramientas tecnológicas de inteligencia artificial con el único propósito de aumentar la eficacia del estado al ejercer el poder, sea a través de la vigilancia y coerción explícita (como es el caso de Palantir), o a través del control institucional del relato a través de la propaganda y el control de la verdad (a esta segunda parte es a lo que me referiré).
Que existe un incentivo perverso para que el poder político instrumentalice todo medio a su alcance para mantener y legitimar su hegemonía es algo tan obvio que creo que no merece explicación; por lo que la pregunta que debemos hacernos no es solo el “¿cómo podemos distinguir lo real de lo falso?”, sino más bien algo como: “¿a quién le interesa que ya no podamos distinguirlos?”.
La respuesta, como veremos, es tan antigua como la guerra misma: al que quiere hacer de sus crímenes una acción loable por la seguridad nacional. La novedad reside en las herramientas, en la magnitud, en la forma; no en lo sustantivo. Lo que antes requería el control total de la comunicación o la eliminación física de los testigos, hoy puede lograrse mediante la saturación y la confusión. Si no puedes evitar que se grabe la atrocidad (como, de hecho, se ha prohibido en Tel Aviv, literalmente), se inunda el espacio público con un millón de atrocidades o parafernalias cuya pretensión es la de causar asombro al ser verosímiles. Si no puedes negar el hecho, siembra la duda sobre la autoría, sobre las imágenes, sobre todo. El objetivo final ya no es solo la mentira, sino la deslegitimación del concepto mismo de verdad.
El conflicto en Gaza (por llamarlo de algún modo, pues desconozco qué tan explícito puedo ser aquí con el lenguaje) y las tensiones entre Israel e Irán se han convertido en el laboratorio perfecto para observar esta estrategia en tiempo real. Desde octubre de 2023, hemos asistido a un despliegue sin precedentes de desinformación generada por inteligencia artificial, un bombardeo de imágenes y vídeos sintéticos que corren paralelo (y a menudo como competencia directa) con el bombardeo real. El propósito no es únicamente movilizar a las propias bases, crear cohesión de grupo o deshumanizar al enemigo, sino algo más sutil y más siniestro: secuestrar la atención global y neutralizar la capacidad de respuesta ética del mundo. La anulación estructural del juicio crítico a través de la sobresaturación de lo verosímil.
Tomemos un ejemplo que ilustra a la perfección el uso de herramientas generativas para la justificación a priori de la violencia. Una investigación periodística (de la que se han hecho eco muchísimos medios; lo encontraréis si buscáis por palabras clave) reveló que el gobierno de Netanyahu presentó, en conferencias de prensa e informes militares, recreaciones digitales en 3D de túneles de Hamas. Estas animaciones, algunas adquiridas en internet (una de ellas procedente de un museo escocés que mostraba un taller de reparación de barcos), se hicieron pasar por pruebas elaboradas por los servicios de inteligencia israelíes. ¿Pero por qué? - Bueno, el objetivo era claro: justificar bombardeos sobre infraestructura civil en Gaza, argumentando que bajo hospitales y escuelas se ocultaban centros de comando.
Cuando el portavoz del ejército israelí presentó estas imágenes, realizó una declaración cínicamente reveladora: “Esto es solo una ilustración, repito, no vamos a compartir las imágenes reales que tenemos en nuestras manos”. Esta frase es, a mi juicio, la quintaesencia del cinismo ilustrado. Se admite la ficción, pero se exige que se acepte como sustituto de la prueba, se nos pide que creamos no en lo que vemos, sino en lo que se nos dice que deberíamos ver; o mejor dicho, que veamos en la representación evidencia suficiente. La imagen real, la evidencia, queda relegada a un espacio inaccesible, privado, clasificado; mientras que la fabricación digital ocupa el espacio público y mediático, preparando el terreno para la legitimación; sea mediática o legal, de la acción militar.
Pero si el primer uso es el de la justificación (cosa que, repito, ya se veía en 2023), el segundo, bastante más peligroso (que ya es decir), es el de la distracción y la deshumanización invertida. Durante el conflicto con Irán, la red se inundó de vídeos ultrarrealistas generados por inteligencia artificial que mostraban escenarios casi apocalípticos: el aeropuerto Ben Gurion de Tel Aviv presuntamente destruido por misiles iraníes, impactos directos en la ciudad, aviones cayendo, etc. y estos contenidos, a menudo con las marcas de agua de generadores como el Veo 3 de Google, eran difundidos masivamente. Decenas de millones de visitas e interacciones de civiles de todo el mundo preocupados por un conflicto del que no disponían información alguna, contribuyendo sin saberlo y a causa de su legítima preocupación a un fenómeno que nos disuelve.
El efecto inmediato, como ya se ha dicho; es el caos informativo. Pero el efecto estratégico es más profundo: cuando todo es falso, la tragedia real deja de conmover, el umbral de la empatía se eleva dada nuestra des-sensibilización y escepticismo; y el espectador se cansa, se desconecta, y deja de intentar discernir.
Esta fatiga cognitiva es el caldo de cultivo perfecto para el negacionismo de nuevas generaciones. El artículo “Gaza e os neonegacionistas da barbárie” (un artículo de Público en portugués que tengo el recuerdo de leer durante mi breve estancia en Francia el pasado Agosto; traducido por supuesto) documenta el cómo, ante la evidencia diaria de la hambruna en Gaza (con niños muriendo de inanición transmitidos en directo); surge una contra-narrativa que utiliza la sospecha de manipulación por IA para negar la realidad. Por supuesto su equivalente siempre ha existido como acusaciones de montaje; pero siempre hubo un umbral de lo que era posible montar. Ahora no, el límite es el cielo. El embajador de Israel en Portugal llegó a afirmar cínicamente que “no hay hambre en Gaza, incluso hay gente gorda allí” (como recoge el artículo), y que los niños con cuerpos esqueléticos padecían “enfermedades genéticas previas a la guerra”. La acusación de que las imágenes podrían ser deepfakes (un temor que por otro lado está racionalmente fundado por la saturación de contenido sintético), se convierte en el escudo perfecto para desestimar las imágenes reales de la catástrofe. La crisis epistemológica, hábilmente instrumentalizada, permite que la barbarie sea “teórica”, discutible y opinable; y mientras debatimos sobre la autenticidad de una fotografía, los niños siguen muriendo.
Otro caso paradigmático es el de la desinformación emocional; aquella que emana de de quienes pretenden sacar rédito de algún tipo aprovechándose de desgracias en el mundo (en este caso del sufrimiento de gazatíes) generando imágenes o vídeos falsos que luego quitan credibilidad a la tragedia. Recuerdo un vídeo que mostraba a cuatro niños palestinos aterrorizados, chapoteando en aguas de inundación provocadas por las tormentas invernales; y tan grotesca era la situación presentada que se volvió viral en muchos idiomas distintos (quiero decir, que fue un fenómeno global). Sin embargo, a poco que uno investigase y tuviera el ojo atento; se daría cuente de que abundaban inconsistencias visuales propias de alucinaciones del contenido generado por IA: una bandera palestina ondeaba sin estar sujeta a nada, los niños no se mojaban con la lluvia, sus cuerpos permanecían rígidos mientras hablaban etc. Herramientas varias determinaron que era falso pues. El punto es que el peligro aquí es doble: por un lado, se explota el sufrimiento real de la población gazatí (que sí sufre inundaciones y frío extremo) para crear propaganda, y por otro, cada vez que un vídeo tan potentemente emocional resulta ser falso, se erosiona la credibilidad de todos los testimonios reales que emergen de la más absoluta desesperación. La duda se convierte en un arma, que aumenta su calibre conforme aumenta la gravedad de la situación.
El elefante en la habitación, quizá mucho más difícil y menos gratificante de tratar; es la de la responsabilidad individual. Por muy mal que esté el mundo y tengamos la mejor voluntad de ayudar; compartir noticias o imágenes que no sabemos a ciencia cierta si son o no reales (como las anteriormente mencionadas de los 4 niños en Gaza) puede actuar en detrimento de lo que pretendemos; volvérsenos en contra. Aquellos que perpetran la masacre están deseando que se viralicen y que gente ingenua o inocente comparta y viralice noticias o imágenes falsas para poder instrumentalizar esa viralidad en contra de la causa que defendemos. Por tanto el problema empieza en nosotros; cosa que pese a ser desagradable, puede también verse como un punto de partida esperanzador, pues realmente hay cosas que podemos hacer mejor, y el cambio empieza en nosotros.
Esto me lleva a la siguiente figura: la del investigador que dedica su tiempo a desarrollar detectores de deepfakes y a analizar campañas de desinformación para hacerlas visibles. Tal cosa puede verse representada en la periodista que, en lugar de limitarse a amplificar el ruido, investiga el origen de los vídeos falsos y publica sus hallazgos, en el del fact-checker que, incansablemente, desmonta una a una las mentiras, sabiendo que su trabajo incomodará a todos los bandos y que es un grano de arena en un desierto, pero que sin esos granos no hay playa. En la posición de quien, en lugar de utilizar el conocimiento para manipular, lo utiliza para dotar de herramientas de autodefensa intelectual al ciudadano común. Y nosotros no solo debemos apoyar a esas figuras, sino además acercarnos a ser como ellas; o por lo menos aspirar a serlo.
Para identificar de quienes podemos y de quienes no podemos fiarnos debemos fijarnos en cuestiones como el tono del medio, su historial, su reputación, la pluralidad de noticias tratadas (para evitar sesgos) y la carga moral con la que se habla (no hace falta que sean neutrales, pero sí que no alimenten una moral ideológica dogmática). Ubicar fuentes rigurosas es el primer paso para acercarnos a ser ese tipo de figura que todos debemos aspirar a ser: una preocupada pero responsable.
En conclusión, la crisis epistemológica no es un fenómeno meteorológico que nos azota sin remedio. Es, en gran medida, un fenómeno inducido. Es el humo que ciertos actores generan para cubrir sus movimientos, y la proliferación de deepfakes, la viralización de bulos generados por IA y la sobrecarga de estímulos falsos tienen un propósito estratégico: inmunizar a la opinión pública contra el horror real. Mientras discutimos acaloradamente si un vídeo es auténtico o falso, si Netanyahu ha muerto o no, si un misil cayó o fue un renderizado 3D, lo que ocurre entre bambalinas (los bombardeos sobre Cisjordania, las muertes por hambre en Gaza, la expansión de asentamientos, la tensión regional) continúa su curso imparable. La atención es el recurso más escaso y más valioso de nuestra era; y la estrategia del cínico es sencilla: si no puedes evitar que miren lo que haces, haz que miren mil cosas distintas a la vez, y si empiezan a no saber qué es cierto y que no; mejor, y todo para que al final, agotados, dejen de mirar y de creer en lo poco que miran. Frente a esto, la responsabilidad del que sabe no es solo denunciar la mentira, sino explicar sus mecanismos, desnudar sus incentivos y recordarnos, una y otra vez, que aunque sea difícil distinguir la verdad, la obligación de intentarlo es lo único que nos separa de la barbarie justificada.
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