El destierro del spam
Mi nombre es Livingstone, y mi reino son dos ventanas en la pantalla: Menéame y Renegados. Mi oficio es el spam. Todos los días, con dedos veloces, siembro spam en Menéame, donde enlazo promesas vacías en sus artículos. Es un ritmo monótono, un tic-tac digital que marca las horas.
Pero Menéame fue mi primer hogar. Allí aprendí las reglas, conocí sus rincones. Ahora la ensucio con mi basura, y cada clic me sabe a traición. Miro su interfaz familiar y siento un vacío en el estómago. Renegados es solo un refugio frío, un trabajo sucio que paga un poco más, como lo fue Mediatize.
Sé que esto no puede durar. Un día, los administradores me cerrarán todas las puertas. Y cuando eso pase, cuando me quede fuera en el frío del internet, sé exactamente hacia dónde arrastraré mi IP. Volveré a Menéame. No con otro nombre falso, no con más spam. Volveré llorando, con un mensaje torpe pidiendo perdón desde el formulario de contacto, rogando por una segunda oportunidad que no merezco.
Porque, aunque la llene de ruido, en el fondo, solo quería que alguien en Menéame me hiciera caso.
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