¿Quién le pone el cascabel a Trump? Sangrar hoy para no morir mañana
Ayer Trump secuestró al presidente venezolano e impuso al gobierno del país una oferta que no podrá rechazar. Cual Vito Corleone, y con Luca Brasi apuntando a la cabeza de la vicepresidenta del pais, Trump lanzó su mensaje: convertíos en mi colonia y dadme todo vuestro petróleo, o arrasaré Venezuela con mis aviones. Teniendo en cuenta la abismal diferencia de potencia militar entre un país y el otro, parece que el chantaje es irrechazable ¿O tal vez no?
Lo que Trump está haciendo en Venezuela es sólo el comienzo de un ambicioso plan para sojuzgar a toda Latinoamérica mediante plata (gobiernos títeres como el de Milei) o plomo (defenestración de líderes díscolos como Petro). Simultáneamente, ya se habla de que Trump quiere devolver al Sha el gobierno de Irán liquidando a los ayatolás mediante una operación conjunta con Israel que otorgue a su aliado la total hegemonía en la zona, eliminando al único país que se le opone con una mínima fortaleza. De ahí que necesite el petróleo venezolano por si la invasión de Irán se complica y el petróleo árabe se resiente. En cuanto a Europa, la idea es financiar con miles de millones de dólares a los partidos ultraderechistas para que triunfen electoralmente y se conviertan en reyezuelos locales al servicio de Trump, liquidando la UE.
Es obvio que cuanto más avance su plan, más fuerte será Trump y más difícil será pararle. De ahí que resulte imprescindible pararle ahora atacando su único punto débil: la sangre yanki. Trump aún no es un dictador, y no por falta de ganas, sino porque no ha tenido tiempo de destruir todos los contrapoderes internos que se le oponen en EEUU. Por tanto, depende de sus votantes. Unos votantes que, en gran medida, le apoyaron por la promesa de apartar a EEUU de cualquier guerra y centrarse en sus asuntos internos. Unos votantes que jamás asumirán recibir cientos de soldados (sus propios hijos no pocas veces) en cajas de pino cada mes.
Si Venezuela decide resistir, vaciar sus arsenales militares, ocultar las armas en la selva y en zulos urbanos y forzar a Trump a una intervención terrestre, el país sufrirá mucho, posiblemente asumiendo miles de muertos entre civiles y combatientes. Pero las tropas norteamericanas también. Y, con las elecciones parlamentarias previstas para finales de 2026, Trump no puede asumir 300 soldados muertos al mes. Mucho menos una campaña de atentados contra objetivos militares y altos cargos de su gobierno en suelo useño que, si Venezuela y otros países de la zona se coordinan bien, podrían iniciar sin demasiados problemas.
Con este escenario, Trump tendría que quitar sus sucias manos de Venezuela o perder el control del parlamento norteamericano, y en pocos años el del gobierno. Ante este panorama, muy probablemente sus asesores le obligarían a dejar en paz al país y pensárselo dos veces antes de apuñalar a sus futuras víctimas. Unas víctimas que sólo tienen dos opciones: unirse y usar las armas para defenderse o ser esclavos del risketo asesino. Sufrir hoy o perder el futuro para siempre. Los europeos no nos atrevimos a tomar la primera opción frente a Hitler cuando su tiranía aún era incipiente, y ya vimos los resultados. Ojalá, por duro que resulte el panorama de una confrontación armada con Trump, sus víctimas se atrevan a no repetir el mismo error.
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